Vida Pública En el PRI nada ha cambiado.


Por: Christian Zamora

Alejandro Bravo Abarca ya es, prácticamente, el nuevo presidente del viejo PRI.

Han corrido ríos de tinta, cientos de comentarios, intensos debates, y hasta infructuosos frenos; pero al final todos coinciden, el tricolor guerrerense ya tiene definido al hombre, al nombre y al apellido.

Sus cúpulas lo han elegido, porque en el PRI no se ocupa ni se necesita a la democracia, eso es demagogia pura. Al contrario, sus dirigentes juegan a la democracia para validar algo que ya tienen, previamente, bien definido. Porque en el PRI no se necesita al mejor, incluso puede ser el peor. En el PRI las circunstancias y los intereses del momento mandan.

Porque en el PRI todas las facturas políticas se cobran, sobre todo las que te debe el amigo. Lo sabe Mario y lo sabe Astudillo. Por eso el exgobernador se adelantó, sabe que el excandidato a la gubernatura nunca lo perdonó; jamás lo acompañó a un evento y, por el contrario, es vox populi en el argot político, que lo entregó.

Héctor Astudillo ya previó todo; los años de experiencia le ampliaron el colmillo y el panorama. Si Moreno Arcos fuera el próximo presidente priísta la puerta se la cerraría en la cara y antes de que eso pase ya lo dejó fuera, muy fuera de la jugada. Mandó a la cancha a su leal alfil, al que le cuida la espalda. Y es que Alejandro Bravo Abarca, a pesar de ser un político muy gris, en este momento brilla, porque lo chaparon en oro.

Con su designación Astudillo asegura tres caminos: el inicio de una posible candidatura por la gubernatura para Alejandro, su incondicional. Otra ruta para el 2024 donde se le garantice una candidatura a su hijo, Ricardo Astudillo, y finalmente un sendero libre de espinas para él, diputación federal o Senado, porque Astudillo no se fue de vacaciones y políticamente nunca ha estado muerto. Alejandro será dirigente pero el poder residirá en otro.

Manuel Añorve lo tiene claro, contó canicas y reavivó el recuerdo; hace unos meses Mario Moreno lo descarriló, le arrebató de la mano su aspiración por la gubernatura, esa herida al Senador nunca le cicatrizó. Hoy se la está cobrando. Por eso se sumó al acuerdo, y aunque Alejandro Bravo no es de su equipo el exalcalde porteño intuye perfectamente que, al final, saldrá ganando.

Candidatura, reelección o diputación plurinominal para su novel hijo Manuel Añorve Aguayo en el 2024; y por supuesto, candidatura por la alcaldía de Acapulco para su esposa Julieta. El amor de Añorve al nuevo presidente del PRI Guerrero le saldrá caro. El precio que pagará es alto, pero le va a pagar hasta la palmada, la sonrisa y el espaldarazo.

El autodenominado chaparrito pero cabrón ya se metió al juego, miró el pastel y sacó tajada, porque no está pensando sólo en la próxima elección, su horizonte ya lo apuntó lejos. En el 2027 hará su último intento, evaluará escenarios, irá por la ansiada postulación, y si las cosas no se le dan, entonces desdoblará planteamientos. Si Alejandro Bravo se vuelve un escollo, tal y como Astudillo sacrificó a Mario, Añorve tendrá en sus manos la posibilidad de sacrificar al PRI completo. Porque su amistad, cercanía y operatividad con Félix es más fuerte que nunca.

Y no es que Mario Moreno sea una víctima ni la panacea política priísta, simplemente su mal cálculo y sus pasos en falso lo llevaron a este momento. Ángel Aguirre, por ejemplo, gastó esa bala y quemó el cartucho, porque sin nadie que respalde a Mario simplemente ya le perdió el interés. Construirá puentes con las cabezas de grupos más fuertes, porque para Aguirre tejer alianzas con los que mandan es la forma de sentir que las piezas de Añorve y Astudillo regresaron de nuevo a su tablero. Tendrá muleta y capote para ir por el toro. Su foto con Alejandro Bravo lo dice todo.

Hoy, aunque el PRI Guerrero ya tiene presidente, son precisamente estas prácticas las que lo llevaron a su tan golpeado presente: no es rima ni poesía, más bien es su triste y deplorable realidad. Olvidaron que al final sus victorias grupales e internas son pírricas, porque, aunque sientan que están ganando, su militancia y simpatizantes, a gritos desesperados, intentan hacerles ver que TODOS están perdiendo. En el PRI nada ha cambiado.

La frase: “Los partidos políticos triunfan o son destruidos por sus conductores. Cuando un partido político se viene abajo no es el partido quien tiene la culpa, sino el conductor”. Juan Domingo Perón.
Comentarios: etzaelchristian@gmail.com

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